Investigaciones
empíricas han encontrado que en algunos casos
los impactos indirectos sobre el país receptor
pueden ser negativos. Lo importante, dicen en un estudio
que publicaron en la revista de la CEPAL, es tener
presente que la IED solo contribuirá al crecimiento
económico cuando se hayan creado las condiciones
necesarias para el desarrollo económico y la
economía interna esté en condiciones
de absorber sus beneficios indirectos. Por argumentos
como éste es que este estudio, que explora
como América Latina puede beneficiarse de la
experiencia irlandesa de apertura económica
y de atracción de inversiones, resulta extremadamente
útil. El objetivo del trabajo es poner en relieve
algunos aspectos importantes de la experiencia irlandesa
que podrían aplicarse en América Latina.
En
orden de contenido, este estudio evalúa el
papel que desempeña la IED en la economía.
Luego examina la evolución reciente de la inversión
extranjera directa en los países en desarrollo
y los factores que la determinan; las estrategias
de IED en América Latina, y señala casos
en los cuales las políticas aplicadas en América
Latina en la era de la globalización no dieron
resultados. Por último, el estudio examina
el modelo irlandés para atraer IED, subrayando
la importancia de la labor que realizan los organismos
de promoción, y hace una reseña de las
enseñanzas que pueden sacar los países
latinoamericanos de la experiencia irlandesa. Para
cerrar, los autores presentan sus principales conclusiones
y recomendaciones.
Sin
duda, dicen, el proceso mediante el cual una nación
pequeña logró equipararse a las principales
economías del mundo en la era de la globalización
es algo que vale la pena estudiar. Como todos ya sabemos,
Irlanda era en la década de los 60s uno de
los países más pobres de Europa. Actualmente
es uno de los más ricos del mundo, con un ingreso
per cápita de 36.360 dólares (PNUD,
2004). Al igual que muchos países de América
Latina, Irlanda dependía primordialmente de
la agricultura. No obstante, logró edificar
una economía sofisticada asentada principalmente
en la tecnología y servicios de punta.
Mucho
de este éxito se debe a que abordó la
aplicación de políticas industriales
con un criterio integral, holístico. Y al haber
adoptado medidas macroeconómicas coherentes,
que han atraído IED de alto valor agregado.
En América Latina, en contraste, donde en los
últimos años las políticas prioritarias
de muchos gobiernos han sido crear un ambiente más
favorable a la inversión, sólo un número
muy reducido de países ha sido relativamente
exitoso en atraer inversiones de calidad. Los autores
concluyen que los gobiernos de América Latina
centraron su atención en prioridades macroeconómicas
de corto plazo y abordaron la IED con el criterio
de “mientras más, mejor”. Irlanda,
en cambio, aplicó políticas que incluían
metas de desarrollo nacional de largo plazo, orientadas
a atraer inversiones de alta calidad y, lo que es
más importante, evaluó las nuevas iniciativas
de política económica e industrial según
las consecuencias que tendrían en el atractivo
de Irlanda como lugar donde invertir.
En
algunos casos, el supuesto de que la IED beneficia
a la economía porque contribuye a crear nuevos
empleos y aumenta el crecimiento económico
es más ilusorio que real. Los efectos positivos
de la IED en el crecimiento económico no son
automáticos. Dependen del régimen de
comercio del país receptor (Balasubramanyam,
Salisu y Sapsford, 1996), de su nivel educativo y
de las características de su capital humano
(Borensztein, de Gregorio y Lee, 1998), del desarrollo
tecnológico (de Mello, 1997), de la orientación
exportadora de las inversiones recibidas (Willem te
Velde, 2001) y de la estabilidad macroeconómica
(Zhang, 2001).
En
Nicaragua, un país con una riqueza natural
sin igual en Centroamérica, y con un gran potencial
para dar grandes saltos en desarrollo agroindustrial,
no se ha logrado establecer con claridad como la IED
encaja como instrumento de crecimiento económico
dentro de un contexto de metas de desarrollo económico
de largo plazo, y que estén supeditadas a las
prioridades nacionales.
Por
ejemplo, una buena parte de las corrientes de IED
hacia Nicaragua en los últimos años
se pensaron como un proceso de privatización.
Si bien es cierto que éstas han modernizado
algunos sectores, también es cierto que la
privatización no ha sido más que un
cambio en la propiedad de los antiguos monopolios
estatales por un monopolio privado, y no han significado
necesariamente un aumento de la capacidad productiva
(UNCTAD, 2002). Por lo tanto, esta IED no ha contribuido
automáticamente a crear empleos ni a aumentar
las exportaciones.
Otras, como las de las Zonas Francas, que sí
han impactado el nivel exportador, y su contribución
para el PIB ha sido principalmente en la creación
de empleos, no han aumentado la capacidad productiva
individual del nicaragüense. Tampoco han generado
el efecto cascada que se esperaba de estas inversiones,
como evidencia la reducida actividad PYME en las supuestas
cadenas de valor del conglomerado de manufactura ligera.
Haga
clic en este espacio para bajar en PDF el estudio
completo sobre el modelo Irlandés.
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